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jueves, 2 de mayo de 2013


CAF 2013: Mis primeros 42K



(Una de las cinco crónicas ganadoras del Concurso: Letra Corrida: Crónicas del Maratón CAF-Caracas 2013)

Aurora Pinto
   

Las noches previas al Maratón CAF 2013 tengo una pesadilla recurrente: sueño que la mañana del 24 de febrero me quedo dormida y me pierdo así la aventura de mi primer maratón. Es lo que llaman “nervios de principiante”.

Para evitar que la pesadilla se materialice, mi mente se defiende impidiéndome dormir la mitad de la noche anterior a la carrera. Finalmente, llega la mañana de esa fecha tan señalada en mi calendario desde hacía unos ocho meses. Me despierto a las 3:00 a.m., me baño, desayuno y me dirijo hacia el Parque Los Caobos con tiempo suficiente para esperar la hora de salida. Poco antes de las 6:00 a.m. suena el Himno Nacional que la mayoría de los ansiosos corredores coreamos con emoción y con las primeras luces del alba se da la partida.

Miles de pasos resuenan en la Av. Bolívar con dirección  hacia el centro de una ciudad todavía dormida. Recuerdo la estrategia que había planificado para cada tramo del evento, siguiendo los consejos de corredores veteranos y logro contenerme en esos kilómetros iniciales, cuando la adrenalina fluye y la tentación de dejarse llevar por el entusiasmo puede desgastarme desde el comienzo.

Cuando llego a la Av. O’Higgins me sorprende la cantidad de personas a ambos lados de la calle que desde tan temprano nos animan con gritos y aplausos. Igual pasa por toda la Av. Páez de El Paraíso. Al acercarme a Puente Hierro, justo frente a Villa Zoila, siento un ligero calambre en la pantorrilla izquierda y me detengo para estirarme por unos segundos. Afortunadamente, la molestia cede y continúo. Ahora enfrento la subida de Roca Tarpeya con un trote suave y agradezco la superficie plana de la Avenida Victoria. Cada media hora reviso una “chuleta” que llevo pegada a la visera de mi gorra con los tiempos planificados por kilómetros. Voy bien: despacio, pero constante. El tramo hacia la Escuela Militar me desconcierta un poco. Es muy largo y no hay ninguna sombra que me defienda del rigor del sol. Pero de regreso a Los Próceres me distrae la magnífica vista del Ávila en el horizonte. Tomo una foto con mi celular y pronto me encuentro a casi la mitad del recorrido. Agradezco la sombra protectora de los árboles de la Av. Los Ilustres y me entretengo con los saludos de la gente en las aceras. En pocos minutos ya estoy entrando a la Av. Casanova y aquí el hechizo termina. Casi no hay público que anime y las continuas lomas hacen pesado el avance.

En Las Mercedes, ya superados los 25 kms, comienzo a sentirme cansada; una lluvia oportuna me refresca y distrae por momentos de los molestos adoquines del piso. De allí en adelante me siento en terreno conocido; he corrido numerosas carreras en esta zona de la ciudad. En Chuao me regalan un gel que me sabe a gloria. Varias personas (con el cuatro en la mano) alegran el recorrido.

Ya en el Km 30, a la altura de Caurimare, aparece la famosa “pared”, me faltan las fuerzas. Para colmo, me duele la espalda y los dedos de mis pies están hinchados. Por primera vez pienso que quizás no pueda completar el recorrido. Camino a ratos, troto y trato de concentrarme en llegar a los 32 kms. Desde allí son solo 10 más hasta la meta. Al fin llego a El Marqués y de allí en adelante mi consigna es: “solo un kilómetro más”.

Enfrento con angustia la pendiente de la Av. Francisco de Miranda mientras recuerdo el libro de Murakami sobre running, donde cita a un maratonista cuyo mantra es: “El dolor es inevitable. El sufrimiento es opcional”. Me aferro a ese pensamiento a la vez que voy pasando cuadras y kilómetros. Llego a la Plaza Altamira, volteo hacia mi querido Ávila que se alza imponente detrás del obelisco y siento que recupero la  energía.

Me acerco a Chacaíto y sé que ya nada puede detenerme. La emoción me invade al finalizar la Avenida Solano y aproximarme a Plaza Venezuela. Aquí, el generoso público de Caracas se niega a abandonar a todos los corredores novatos que llevamos más de 5 horas y media en esta aventura. Más adelante, a escasos metros, está la meta. En estos minutos finales ocurre un milagro: el dolor desaparece, mis pasos se aceleran y piso la alfombra de los 42 kilómetros 195 metros. Nada es imposible: ¡Soy maratonista!

miércoles, 9 de mayo de 2012

Mujeres Veloces (Fast Women)



Hace poco tuve la oportunidad de ver este documental sobre cuatro corredoras norteamericanas que persiguen diferentes objetivos en el mundo del “running”. Los sueños, desvelos, entrenamientos, éxitos y frustraciones de estas deportistas son seguidos a través de varios años, permitiendo al espectador apreciar los cambios de cada una de ellas y cómo asumen con valentía nuevos retos y aprendizajes con cada carrera.

El mayor valor de la película reside en la manera franca cómo se expresan frente a las cámaras y la determinación que demuestran para escoger sus particulares batallas, bien sea por lograr un puesto entre el equipo olímpico de su país, por mejorar sus records personales o, como en el caso de June Estrada, por superar las consecuencias de haber sufrido un derrame cerebral que dejó paralizado parte de su cuerpo. La lucha de Estrada por volver a caminar y luego correr es particularmente inspiradora para cualquier persona, deportista o no, sobre los recursos ocultos que tenemos todos los humanos para vencer obstáculos cuando tenemos la suficiente motivación.

Otro punto a destacar es el enfoque objetivo de todo el documental. Cero drama y mucha motivación se dejan ver en las declaraciones de estas admirables mujeres que, ante todo, demuestran ser realistas sobre sus metas y no dejan que situaciones personales difíciles les desvíen de sus objetivos.

Fast Women ganó el premio como Mejor Documental en el Festival Mammoth de Cine en 2010 y cuenta con el testimonio de las corredoras Susan Loken, Suzy Schumacher, Karla Sokolovic y June Estrada, además de entrevistas a sus amigos, familiares y entrenadores. Fue dirigido por George Delalis y el guión pertenece a Delalis, Eve Drinis y D.E. Hyde.