lunes, 17 de marzo de 2008

Eva, la resignada


La foto que dio la vuelta al mundo la semana pasada es por demás reveladora. El gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, dimite públicamente luego de comprobarse sus estrechos y continuos vínculos con un servicio de prostitución. Spitzer está acompañado por su esposa Silda y es ella quien ocupa mi atención.

Como le tocó a Hillary Clinton hace algunos años, ahora es Silda quien esconde la vergüenza, el rencor y la rabia para “apoyar” a su esposo, padre de sus tres hijas y otrora modelo de rectitud.

Silda baja los ojos y desvía la mirada. Seguramente nunca imaginó ser protagonista de semejante y dolorosa exposición pública de su vida privada.

Por su parte, el gobernador aprieta los labios en un gesto tan ambiguo que bien pudiera significar: “Ooops!, me cacharon!” o ... un verdadero arrepentimiento.

La diferencia con el caso de los Clinton es evidente. Hillary de seguro tragó grueso y pensó en capitalizar el suceso para su futura carrera política. Lo más probable es que Silda nunca haya ambicionado dirigir los destinos de su poderosa nación. Sus anhelos han sido más bien modestos: ser la esposa ejemplar y madre abnegada de las hijas del gobernador. Por eso, el dejo de desconsolada tristeza que la toma por sorpresa. Por eso, la decisión de pasar el trago amargo porque era lo que se esperaba de ella.

Esta foto y el hecho en sí de la renuncia de Spitzer sugieren otras interrogantes que se multiplican según los diferentes puntos de vista.

¿Qué hubiera pasado si el caso hubiese sido al revés y Silda hubiese sido sorprendida en los brazos de un chulo? ¿Su esposo la hubiera apoyado públicamente? ¿Que la doña se resigne y ponga la otra mejilla es el mejor ejemplo para las tres hijas del matrimonio en trance de naufragio? ¿Es también ejemplo para la sociedad? ¿El deber se impone sobre la autoestima y el honor?

Silda mira hacia un lado, suspira y se resigna. Es, sin duda, lo que todos esperan de ella. Quizás Silda recuerde –en el improbable caso en que la hubiera escuchado alguna vez- una estrofa de la Samba da Bencao (Samba de la Bendición) del poeta brasilero Vinicius De Moraes. Dice así:

“Uma mulher tem que ter qualquer coisa além da beleza
“Una mujer tiene que tener cualquier cosa además de belleza

Qualquer coisa de triste, qualquer coisa que chora
Cualquier cosa de triste, cualquier cosa que llora

Qualquer coisa que sente saudade
Cualquier cosa que siente nostalgia

Um molejo de amor machucado,
Un balanceo de amor herido

Uma beleza que vem da tristeza de se saber mulher,
Una belleza que viene de la tristeza de saberse mujer,

Feita apenas para amar, para sofrer pelo seu amor
Hecha apenas para amar, para sufrir por su amor

E para ser só perdão”
y para ser sólo perdón”

Esa estrofa de esta samba, como toda la obra de Vinicius, es hermosa, pero creo que nunca ha sido cuestionada. Ese destino de dolor, sufrimiento y resignación no me cuadra, no me termina de convencer. Si las mujeres hubiéramos nacido para sufrir no sólo tendríamos inmunidad ante el dolor sino quizás, menos corazón y más indiferencia.

Todos esos rencores mal disimulados desembocan irremediablemente en enfermedades, depresiones, insomnios o algo peor.

Para mí, una rabia bien expresada es la que permite sanar, reconstruir y luego continuar con esta tarea compleja y hermosa que es la vida.

Cero resignación.

2 comentarios:

Ileana Hernández G. dijo...

Tu conclusión es lo mejor del relato, ya que expresas con honestidad que nuestro papel no debe , ni tiene que ser parecer la perfecta , al perdonar. Te apoyo pero please, nome hagas hacer el ridículo.

Aurora Pinto dijo...

Amiga, lo de poner la otra mejilla hace rato que pasó de moda... gracias por la visita.

Aurora