miércoles, 24 de septiembre de 2014

La distancia más larga





Imagínate una peli donde hay una abuela que padece una enfermedad terminal, un nieto que enfrenta una grave pérdida y una carretera donde los personajes transitan sus angustias mientras se dirigen hacia el imponente tepuy Roraima.   

Con esos elementos cualquier cineasta pudiera haber armado un cliché melodramático. Afortunadamente, eso no ocurre en "La distancia más larga", coproducción venezolana-española, dirigida por la caraqueña Claudia Pinto. Esta joven guionista, productora y directora evita  el camino fácil del sentimentalismo y nos mantiene en vilo durante dos horas al hacernos cómplices de personajes reales, humanos, muchas veces contradictorios, a quienes los espectadores acompañamos en su evolución y descubrimientos entre los mágicos paisajes de la Gran Sabana.


La veterana actriz catalana Carme Elías es Martina, el niño Óscar Moya da vida a Lucas, Alec White se luce como Kayemó, apoyados por un equipo de actores nacionales.  No se sí es la mejor película venezolana que se haya hecho hasta ahora, pero definitivamente es una de las mejores -venezolana o no- que he visto en los últimos tiempos. Excelente guión, fotografía, dirección, producción y actuaciones. 

Confieso que la vi más motivada por el  paisaje que por el argumento y superó mis expectativas. Toca temas como la libertad, el derecho a escoger cómo vivir y cómo morir, la amistad, las transformaciones. Creo que la directora Claudia Pinto nos va a brindar mucho buen cine en el futuro cercano.

jueves, 2 de mayo de 2013


CAF 2013: Mis primeros 42K



(Una de las cinco crónicas ganadoras del Concurso: Letra Corrida: Crónicas del Maratón CAF-Caracas 2013)

Aurora Pinto
   

Las noches previas al Maratón CAF 2013 tengo una pesadilla recurrente: sueño que la mañana del 24 de febrero me quedo dormida y me pierdo así la aventura de mi primer maratón. Es lo que llaman “nervios de principiante”.

Para evitar que la pesadilla se materialice, mi mente se defiende impidiéndome dormir la mitad de la noche anterior a la carrera. Finalmente, llega la mañana de esa fecha tan señalada en mi calendario desde hacía unos ocho meses. Me despierto a las 3:00 a.m., me baño, desayuno y me dirijo hacia el Parque Los Caobos con tiempo suficiente para esperar la hora de salida. Poco antes de las 6:00 a.m. suena el Himno Nacional que la mayoría de los ansiosos corredores coreamos con emoción y con las primeras luces del alba se da la partida.

Miles de pasos resuenan en la Av. Bolívar con dirección  hacia el centro de una ciudad todavía dormida. Recuerdo la estrategia que había planificado para cada tramo del evento, siguiendo los consejos de corredores veteranos y logro contenerme en esos kilómetros iniciales, cuando la adrenalina fluye y la tentación de dejarse llevar por el entusiasmo puede desgastarme desde el comienzo.

Cuando llego a la Av. O’Higgins me sorprende la cantidad de personas a ambos lados de la calle que desde tan temprano nos animan con gritos y aplausos. Igual pasa por toda la Av. Páez de El Paraíso. Al acercarme a Puente Hierro, justo frente a Villa Zoila, siento un ligero calambre en la pantorrilla izquierda y me detengo para estirarme por unos segundos. Afortunadamente, la molestia cede y continúo. Ahora enfrento la subida de Roca Tarpeya con un trote suave y agradezco la superficie plana de la Avenida Victoria. Cada media hora reviso una “chuleta” que llevo pegada a la visera de mi gorra con los tiempos planificados por kilómetros. Voy bien: despacio, pero constante. El tramo hacia la Escuela Militar me desconcierta un poco. Es muy largo y no hay ninguna sombra que me defienda del rigor del sol. Pero de regreso a Los Próceres me distrae la magnífica vista del Ávila en el horizonte. Tomo una foto con mi celular y pronto me encuentro a casi la mitad del recorrido. Agradezco la sombra protectora de los árboles de la Av. Los Ilustres y me entretengo con los saludos de la gente en las aceras. En pocos minutos ya estoy entrando a la Av. Casanova y aquí el hechizo termina. Casi no hay público que anime y las continuas lomas hacen pesado el avance.

En Las Mercedes, ya superados los 25 kms, comienzo a sentirme cansada; una lluvia oportuna me refresca y distrae por momentos de los molestos adoquines del piso. De allí en adelante me siento en terreno conocido; he corrido numerosas carreras en esta zona de la ciudad. En Chuao me regalan un gel que me sabe a gloria. Varias personas (con el cuatro en la mano) alegran el recorrido.

Ya en el Km 30, a la altura de Caurimare, aparece la famosa “pared”, me faltan las fuerzas. Para colmo, me duele la espalda y los dedos de mis pies están hinchados. Por primera vez pienso que quizás no pueda completar el recorrido. Camino a ratos, troto y trato de concentrarme en llegar a los 32 kms. Desde allí son solo 10 más hasta la meta. Al fin llego a El Marqués y de allí en adelante mi consigna es: “solo un kilómetro más”.

Enfrento con angustia la pendiente de la Av. Francisco de Miranda mientras recuerdo el libro de Murakami sobre running, donde cita a un maratonista cuyo mantra es: “El dolor es inevitable. El sufrimiento es opcional”. Me aferro a ese pensamiento a la vez que voy pasando cuadras y kilómetros. Llego a la Plaza Altamira, volteo hacia mi querido Ávila que se alza imponente detrás del obelisco y siento que recupero la  energía.

Me acerco a Chacaíto y sé que ya nada puede detenerme. La emoción me invade al finalizar la Avenida Solano y aproximarme a Plaza Venezuela. Aquí, el generoso público de Caracas se niega a abandonar a todos los corredores novatos que llevamos más de 5 horas y media en esta aventura. Más adelante, a escasos metros, está la meta. En estos minutos finales ocurre un milagro: el dolor desaparece, mis pasos se aceleran y piso la alfombra de los 42 kilómetros 195 metros. Nada es imposible: ¡Soy maratonista!

sábado, 22 de diciembre de 2012

¿Qué voy a hacer con mi marido?



No es una comedia, pero tampoco llena todos los requisitos para ser clasificada como un drama; se podría decir que es “something in between” (algo en el medio). El título original en inglés es “Hope Springs”, nombre del pueblo ficticio de la costa de Maine a donde acuden parejas con el objeto de salvar su matrimonio.

De eso se trata esta película, protagonizada por los veteranos Meryl Streep y Tommy Lee Jones. Los actores encarnan, con una actuación convincente, a una pareja con 31 años de matrimonio a sus espaldas que ha perdido la magia y la comunicación, envueltos en la rutina y el desencanto.

Kay (Streep) es quien resiente más la situación de nula intimidad y logra arrastrar a un renuente Arnold (Jones) hacia Hope Springs, donde un famoso consejero matrimonial (Steve Carrel) tratará de reconectarlos. El tema es algo novedoso y poco taquillero, porque el amor (y el desamor) en la edad madura no parece atraer a las masas; lo que probablemente logra captar la atención del público es la calidad y popularidad de sus protagonistas.

Sin considerarla una obra maestra, la recomiendo. Su mayor fortaleza se encuentra en la credibilidad de todas las escenas. Deben ser muchos los espectadores que pueden identificarse con los problemas, desilusiones y expectativas de los personajes. El amor duele, dicen, pero el desamor compartido duele aún más y eso abunda en la vida real.

La dirección es de David Frankel (“El diablo viste de Prada” y “Marley y yo”) y el guión pertenece a Vanessa Taylor ("Games of Thrones", "Alias"). 

viernes, 5 de octubre de 2012

Ascenso al cerro Santa Ana





Aprovechando el puente con motivo del 24 de julio, el Centro Excursionista Caracas (CEC) organizó una excursión al estado Falcón, con el objetivo de ascender al cerro Sta. Ana (830 msnm), la montaña más alta de la Península de Paraguaná.

La noche del viernes 20 de julio salimos de Caracas un grupo de entusiastas excursionistas llegando con las primeras horas del día siguiente a los médanos de Coro, lo que nos permitió disfrutar de un hermoso amanecer entre las dunas, deleitándonos al tomar fotografías en ese maravilloso escenario natural.

Pronto seguimos camino hacia Adícora, hicimos un toque técnico en la posada y nos instalamos a pasar el día en la playa de esa localidad, famosa por sus aficionados al windsurfing. En la tarde, visitamos las salinas de Las Cumaraguas y el Cabo San Román, situado en la parte más septentrional de Venezuela. Al día siguiente, muy temprano, la mayoría nos dirigimos al Monumento Natural Cerro Santa Ana, mientras otro grupo se disponía a pasar el día en la playa El Supí.  En la entrada al parque, luego de recibir las amables instrucciones y recomendaciones del guardaparques, comenzamos la caminata, bajo un cielo despejado que nos permitía apreciar el contorno de la montaña.

A medida que ascendíamos por la angosta senda podíamos apreciar el cambio de la vegetación, desde xerófila en los primeros metros hasta convertirse en selva nublada y la zona predominantemente rocosa de la cumbre. El camino se fue haciendo más tupido y lleno de barro y la humedad era notoria. En la última parte, valiéndonos de cuerdas, tuvimos que escalar un tramo de unos 20 metros, así como otras subidas que retaban nuestras fuerzas y dominio del vértigo. Vale la pena destacar la solidaridad de los compañeros más hábiles, quienes en todo momento nos ayudaron a superar los difíciles obstáculos que imponía la subida. El premio: una vista perfecta de la península desde la cima, así como del mar circundante.

Celebramos la cumbre, sacudidos por el fuerte viento y disfrutando nuestro almuerzo, rodeados por un paisaje imponente. Finalizamos el día en las aguas tranquilas de la playa El Supí, junto con el resto de los compañeros. A la mañana siguiente, de regreso a Caracas, nos detuvimos unas horas en Coro, para apreciar su casco colonial, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco e hicimos un toque técnico en la Vela de Coro, primer lugar donde ondeó la bandera nacional gracias al Generalísimo Francisco de Miranda.

Fueron tres días intensos, en los que pudimos disfrutar de cerro, playa, arquitectura, gastronomía e historia, con la camaradería y compañerismo típicos de los integrantes e invitados del CEC. ¡Mejor imposible!

domingo, 24 de junio de 2012

Quinoa: de los Incas para el mundo




A veces a uno le llegan los datos más interesantes por las vías más insospechadas. Así me pasó con la quinoa. Esta planta originaria de los territorios donde habitaron los Incas ofrece unas semillas que constituyen un alimento rico en proteínas y al cual se le atribuyen propiedades medicinales.

Paradójicamente, me enteré de su existencia a través de revistas norteamericanas dedicadas al deporte, donde es común encontrar recetas con quinoa, las cuales destacan las bondades de este alimento y su uso por parte de atletas y deportistas recreacionales.

Lamentablemente, a pesar de contar con varios estados andinos, en Venezuela no se cultiva la quinoa. Para conseguirla hay que recurrir a algunos mercados donde se expenden granos y comida importada, donde se vende a precios exorbitantes. Actualmente se cultiva en Perú, Ecuador, Bolivia y, creo, también en Chile, Argentina y Colombia. Afortunadamente, en Caracas hay los domingos un mercado de la colonia peruana donde es posible comprar quinoa a precios razonables.

Para las personas que se encuentran a dieta, es el alimento ideal ya que, a diferencia de otros granos como el arroz, no engorda. Tampoco tiene colesterol ni grasas, mientras que sí posee fibra y minerales.

¿Cómo se cocina la quinoa? Hay diferentes maneras y en Internet numerosos sitios lo explican mejor que yo. Generalmente, se puede cocinar igual al arroz. De hecho, es un excelente acompañante de un plato principal. ¿A qué sabe la quinoa? Es difícil de explicar. No se parece a nada que haya comido antes. Creo que sola no sabría a nada. El secreto está en lo que le añades al cocinarla: ají dulce, sal y ajo, en mi caso. A mí me sabe a gloria. Cuando la cocino, un aroma delicioso se esparce por la casa. Uno evoca la sabiduría de los antiguos incas, para quienes era un alimento sagrado y se apresura a la cocina para disfrutar de su exótico sabor. Cabe preguntarse si este grano amarillento no sería el verdadero “Dorado” que los europeos no supieron apreciar cuando conquistaron estas tierras.

miércoles, 30 de mayo de 2012

El Londres de Virginia Woolf




Ya se acercan los Juegos Olímpicos de Londres y esa es una buena razón para releer “Londres” de Virginia Woolf. (Hay muchas otras razones por las cuales releer a la Woolf, pero ese no es el tema en esta oportunidad).

Solamente he estado una vez en Londres, pero tengo fresco el recuerdo de su ambiente tan particular, con neblina aún en primavera, sus monumentos históricos, la dignidad de sus edificios señoriales. Londres es una ciudad antigua que ha vivido tiempos de gloria y de zozobra. Vio el surgimiento de Shakespeare, los destrozos de la peste, el bombardeo nazi en la Segunda Guerra Mundial, el atentado terrorista de principios de este siglo. Y siempre ha sobrevivido indómita.

El Londres sobre el cual nos escribe la Woolf es el de comienzos de los años 30’s del siglo XX, cuando la ciudad, el país y toda Europa se encontraban -sin saberlo-  entre dos guerras mundiales. Se trata de unas cortas crónicas, una especie de mini ensayos llenos de una madura reflexión que nos llegan muchos años después de haber sido escritos. Afortunadamente, una editorial se tomó el trabajo de recopilar varios textos sobre la capital británica que  la escritora había publicado en una revista entre 1931 y 1932.

De la pluma de Virginia logramos conocer el mundo del cotilleo social en una época en la que no existía Twitter; la vida comercial de la ciudad a través de sus muelles y de sus calles más transitadas; la arquitectura de las casas que habitaron los prohombres ingleses; detalles sobre algunos de los grandes monumentos de la ciudad, así como el discurrir de la vida política de la Cámara de los Comunes.

Virginia Woolf, sin jamás sospecharlo, nos ayuda hoy con sus escritos a preparar el ánimo para las justas deportivas que mantendrán en vilo a millones de personas en el planeta a través de los medios de comunicación. Todos pendientes de Londres, gran ciudad anfitriona de los próximos Juegos Olímpicos.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Mujeres Veloces (Fast Women)



Hace poco tuve la oportunidad de ver este documental sobre cuatro corredoras norteamericanas que persiguen diferentes objetivos en el mundo del “running”. Los sueños, desvelos, entrenamientos, éxitos y frustraciones de estas deportistas son seguidos a través de varios años, permitiendo al espectador apreciar los cambios de cada una de ellas y cómo asumen con valentía nuevos retos y aprendizajes con cada carrera.

El mayor valor de la película reside en la manera franca cómo se expresan frente a las cámaras y la determinación que demuestran para escoger sus particulares batallas, bien sea por lograr un puesto entre el equipo olímpico de su país, por mejorar sus records personales o, como en el caso de June Estrada, por superar las consecuencias de haber sufrido un derrame cerebral que dejó paralizado parte de su cuerpo. La lucha de Estrada por volver a caminar y luego correr es particularmente inspiradora para cualquier persona, deportista o no, sobre los recursos ocultos que tenemos todos los humanos para vencer obstáculos cuando tenemos la suficiente motivación.

Otro punto a destacar es el enfoque objetivo de todo el documental. Cero drama y mucha motivación se dejan ver en las declaraciones de estas admirables mujeres que, ante todo, demuestran ser realistas sobre sus metas y no dejan que situaciones personales difíciles les desvíen de sus objetivos.

Fast Women ganó el premio como Mejor Documental en el Festival Mammoth de Cine en 2010 y cuenta con el testimonio de las corredoras Susan Loken, Suzy Schumacher, Karla Sokolovic y June Estrada, además de entrevistas a sus amigos, familiares y entrenadores. Fue dirigido por George Delalis y el guión pertenece a Delalis, Eve Drinis y D.E. Hyde.

martes, 13 de marzo de 2012

Media Caracas a la carrera





El domingo 26 de febrero participé en la segunda edición del Maratón CAF en mi ciudad. Fue una fiesta deportiva que involucró a 6 mil deportistas, muchos voluntarios y cientos de ciudadanos que se congregaron para actuar como espontáneos “cheerleaders” de los esforzados corredores que atravesamos el asfalto obviando los tramos de lluvia y las bajas temperaturas, inusuales en esta época del año.

En mi caso, como participante de la media maratón (21K), fue también un reencuentro sentimental con el oeste caraqueño, donde viví muchos años. Los lugares y personajes de mi infancia volvieron a mi mente con cada paso, al tiempo que la tranquilidad de una ciudad semidormida me permitió admirar y valorar nuevamente los pequeños tesoros arquitectónicos, los rincones y oasis escondidos de belleza que son imposibles de apreciar entre el tráfico cotidiano.

Los del medio maratón salimos a las 6:15, desde el Parque Los Caobos, tomando inmediatamente la amplia Avenida Bolívar, donde los grupos de amigos comenzamos a dispersarnos, cada cual a su ritmo. Al fondo, las torres del Centro Simón Bolívar, lucían pequeñas y lejanas, como un par de simétricos bloques de Lego. La ciudad despertaba cuando enfrentamos la primera subida a la derecha de las torres, pasamos la Asamblea Nacional y fue entonces que me percaté de que había estado muy cerca de una de las entradas del Pasaje Zing, uno de los sitios emblemáticos de mi niñez. Era (y es) una especie de pequeño centro comercial con dos niveles donde había todo tipo de negocios, desde joyerías, zapaterías, tiendas de regalos hasta un par de librerías (una de libros nuevos y otra de libros usados) que eran mis tiendas preferidas. En una esquina estaba también una academia de dibujo de amplios ventanales donde uno podía ver a los alumnos esforzándose en copiar un objeto o modelo, ajenos a todo lo que no fuera su arte.

Luego de atravesar la Avenida Baralt, llegamos a El Silencio; en un cruce noto un edificio hermoso: el Liceo Fermín Toro, con su diseño modernista que parece de los años 40 ó 50 del siglo pasado; un poco más arriba, las empinadas escalinatas de El Calvario, ahora casi desiertas, solo unas cinco heroicas personas desafían la lluvia para animarnos con sus gritos. Llego a la plaza, rodeada de los bloques diseñados por el gran arquitecto Carlos Raúl Villanueva. Han sido restaurados recientemente y ostentan una belleza clásica; lo único discordante, para mi gusto, es el color mostaza con que fueron pintados; yo los conocí de un color crema más armónico, pero al menos celebro que se haya hecho un esfuerzo en conservarlos.

Bajo un hilillo delgado de lluvia intermitente llegamos a la Avenida San Martín. Estamos ahora en plena parroquia San Juan y a la derecha, en una esquina, frente a la Plaza Italia, se yergue majestuosa la hermosa Iglesia de Nuestra Señora de Lourdes, con una preciosa fachada gótica, muy bien conservada. Es uno de esos sitios atrayentes donde nunca he entrado. Ahora me propongo, en la primera oportunidad, volver al centro con calma (¡si eso es posible en el centro de Caracas!) para explorarla.

El día ha aclarado y ahora hay más gente en las aceras; algunas personas se muestran asombradas ante la multitud que se ha adueñado de las calles. Por momentos, un indigente se nos une, trota alegre, parece contagiarse por el espíritu deportivo de la jornada, la gente lo aplaude, se detiene y poco a poco lo dejamos atrás. El hombre sonríe.

Ya estamos en la estación del Metro y a la izquierda se alza pequeño el emblemático edificio de la Maternidad Concepción Palacios, que ha recibido a tantos nuevos caraqueños. En pocos minutos estamos cerca de la estatua de O’Higgins; a nuestra derecha, la subida de la Av. Morán hacia Catia y hacia adelante una subida no muy pronunciada, pero interminable, hacia Vista Alegre y La Yaguara; en la esquina nos desviamos a la izquierda y llega una recompensa: una bajada hacia el Puente de Los Leones. Lo atravieso observando la autopista en ambas direcciones: poco tránsito y la paz inusual de un domingo en calma. En la Avenida O’Higgins busco con la mirada, a mi izquierda, el puesto de obleas que hacía mis delicias y las de todos los estudiantes de la UCAB. No lo encuentro, recuerdo que han pasado muchos años desde mi época de estudiante, me consuelo pensando que quizás aún existe y lo pasé sin darme cuenta. Hacia mi derecha, del lado de Montalbán, descubro la entrada a la Hacienda La Vega, vestigio señorial de los tiempos en que la ciudad no llegaba hasta aquí.

En la redoma de La India, monumento del escultor Eloy Palacios, dedicado a la independencia de la Gran Colombia, cruzamos a la izquierda, para recorrer toda la Avenida Páez de El Paraíso. Me sorprendo un poco cansada, son apenas ocho los kilómetros recorridos, pero me siento en terreno familiar, toda mi vida conocí estas calles, aunque ahora muchas fachadas han cambiado y las quintas señoriales fueron sustituidas por comercios. La Avenida Páez es larga y estrecha, árboles centenarios la protegen del sol caraqueño. Un sol que hoy se niega a aparecer. Me tomo medio gel y una botellita de agua y siento que mis fuerzas renacen.

En pocos minutos me encuentro cerca de la Plaza Washington y al rato, a mi derecha está el Multiplaza Paraíso. Por un momento pienso que es una lástima que no existiera un centro comercial así cuando yo vivía en El Paraíso. En las aceras se han congregado vecinos madrugadores y se juntan con lo entusiastas voluntarios que reparten agua y bebidas energéticas. Sigo por esa avenida que recorrí tantas veces en autobús, en carro, a pie o hasta en bicicleta. Me siento en franca y alegre rebeldía al correr por primera vez por el medio de la calle.

Paso veloz frente al Parque Naciones Unidas y sigo hasta la señorial fachada del Colegio San José de Tarbes. En un instante tengo a mi izquierda la Plaza Páez, con su héroe a caballo, al que nadie ha restituido su lanza en los últimos diez años. Quisiera detenerme en esta zona tan cercana a mis recuerdos. En la próxima esquina se encuentra el Edificio Los Laureles, donde viví tantos años y más arriba el Colegio Teresiano, donde estudié la primaria y el bachillerato. El Teresiano de El Paraíso es un edificio de principios del siglo XX con una hermosa arquitectura donde predominan columnas clásicas y los colores gris y blanco. Es una lástima que se encuentre tan escondido detrás de un alto muro que oculta su belleza a los transeúntes.

Frente a la Plaza Madariaga se encuentra un animado grupo de samba. Casi todos los corredores les expresamos nuestro agradecimiento. Van como 12 kilómetros desde que salimos, menos de la mitad del recorrido para quienes hacemos la media maratón. En mi caso, más que fatiga siento algo de nostalgia al recorrer estos espacios tan queridos. Antes de salir de la urbanización, instintivamente volteo hacia la Plaza Madariaga y busco en una esquina la imagen del ángel con trompeta que anunciaba la entrada en El Paraíso. La última vez que lo vi estaba muy deteriorado. Pero en esta oportunidad descubro la imagen restaurada y suspiro con alivio.

Ahora nos enfilamos hacia Puente Hierro. Poco antes, a nuestra izquierda, divisamos la larga fila de familiares que visitan a sus presos en la penitenciaría de La Planta. En la isla de la avenida, varios de esos familiares se han acercado para animarnos.

Ya me encuentro frente a la subida a Roca Tarpeya. Volteo a mi izquierda y la esquina de Los Flores de Puente Hierro me regresa a mi infancia, a esa calle, a la Quinta Lérida de mis abuelos. A la época feliz en que para mi hermana y para mí pasear en autobús con nuestro abuelo Carlos Paredes por el centro de Caracas era un premio por haber pasado de grado.

Pronto la subida me regresa al presente. Es el desnivel más pronunciado y largo que encontraré en la carrera y a mi lado casi todos se han resignado y lo suben caminando. No me dejo vencer. Sigo trotando y me siento aliviada al llegar a la esquina entre las Avenidas Nueva Granada y Victoria. Sigo por esta última, bastante plana. Aquí los edificios son un tributo a la arquitectura de los años 50’s del siglo pasado: inmuebles con limpias fachadas, balcones y letreros modernistas. Los edificios guardan escalas similares, toda una rareza en una Caracas que ha crecido atropelladamente con escasa o nula planificación. Aquí parece que al fin gobernantes, constructores y ciudadanos se hubieran puesto de acuerdo para preservar estos espacios sin añadirles innecesarios monstruos de concreto y vidrio.

Una pequeña subida me lleva pronto hacia la Avenida Los Símbolos. El piso está mojado y freno un poco para evitar un resbalón inoportuno. En la esquina donde se encuentra el monumento hay una pequeña multitud de vecinos y transeúntes, a pesar del chubasco. Más adelante, diviso entre el público a mis amigos Jesús y Ana con su hijo Diego. Les grito y me saludan. Por un momento pienso que es una lástima que Jesús, excelente fotógrafo no tuviera su cámara a mano para hacerme una foto. Continuo algo cansada hacia la esquina de Los Próceres, doblo hacia la izquierda y en ese momento diviso a José Enrique, un compañero del Centro Excursionista Caracas, quien está corriendo los 42 kms y viene veloz desde la Academia Militar, el paso obligado para quienes hacen la maratón completa. Acelero para acercármele y lo saludo. Intercambiamos unas cuantas palabras. La verdad, él lleva un ritmo mucho más rápido que el mío y pronto me saca distancia. Le deseo suerte y sigo a mi ritmo. En algún momento, sin que nadie me hubiera llamado, volteo hacia la izquierda y allí está el amigo Jesús que sí tenía su cámara y me hace unas cuantas fotos. Levanto el pulgar y sonrío como si no sintiera ni una pizca de cansancio. Lo hago tan bien que yo misma me lo creo. Tomo la mitad del gel que me quedaba con agua y acelero un poco hasta llegar a la Plaza de las Tres Gracias. Aquí hay más gente y música fuerte. ¡Falta poco! grita alguien.
Ahora viene una bajada engañosa, la del estacionamiento del estadio universitario. Digo engañosa, porque como me lo había advertido mi amiga Rosario, después de esa bajada viene la subida y uno ya lleva como 19 kilómetros en los zapatos. Aquí también la mayoría camina pero yo me empeño tercamente en trotar. La pendiente termina en la mitad del puente sobre la autopista, un detalle que jamás adivina uno cuando va en carro.

Ya solo falta una bajadita y enfilar hacia la Torre La Previsora. Aquí, cerca de Sabana Grande, más gente anima, grita y casi nos acompaña durante el kilómetro final, cuando bajamos por Plaza Venezuela y subimos hasta alcanzar el Parque Los Caobos. Ya diviso la meta y la emoción es enorme. Hasta el sol conspira ahora a nuestro favor y nos envía sus cálidos rayos. En los metros finales hago un “sprint” y llega la recompensa: 2:32 en mi primera media maratón. ¡Uaaoooo! ¡Qué viva Caracas! ¡Mi media Caracas!

jueves, 2 de febrero de 2012

Del páramo al llano: Camino Real del Quinó





Los miembros del Centro Excursionista Caracas (CEC) tenemos la fortuna de disfrutar los paisajes contrastantes y recorrer los caminos de inigualable belleza que nos ofrece la geografía venezolana. Uno de ellos es el Camino Real del Quinó. Para finalizar el 2011 y comenzar con buen pie el 2012, dos grupos de miembros del CEC transitamos este antiguo camino, que lleva en cuatro días desde Mérida hasta Barinas.

Salimos de noche en transporte público desde Caracas para llegar a la ciudad de Mérida a la mañana siguiente, donde ya en el terminal estaban muy atentos los representantes de Ekkaia, Turismo de Base Comunitaria, la institución que organiza este recorrido, conjuntamente con los habitantes y baquianos locales. Luego de un emocionante viaje en rústico de unas tres horas, con la correspondiente parada para disfrutar de los pastelitos andinos en Mosnandá, llegamos a Los Nevados, uno de los más bellos pueblos andinos, que parece colgado de la Sierra Nevada, con gente amable y hospitalaria. Allí almorzamos antes de caminar por una hora hacia el Río Nuestra Señora, mientras las mulas llevaban nuestros morrales y los caminantes tomábamos fotos y admirábamos los mágicos colores de la tarde andina. Luego de una hora más o menos de subida llegamos a la Hacienda El Carrizal, donde fuimos recibidos por el señor Francisco Castillo y su familia, con quienes compartimos durante la cena y el desayuno, entre cuentos y anécdotas de la zona.

A la mañana siguiente, un cielo despejado nos reveló la cumbre del Pico El Toro, visible desde la Hacienda y luego, a una media hora de camino, contemplamos de lejos la cara norte del Pico Bolívar. Entre páramos sembrados de frailejones, el camino discurría en zig-zag, rodeaba verdes montañas cercadas por precipicios, subía y bajaba entre piedras y nos alejaba de todo vestigio de civilización. Cerca de las 5 llegamos al campamento de Boca de Monte. Aquí ya habíamos dejado atrás los frailejones y la vegetación era de media montaña. En la noche, luego de una cena frugal, nos deleitamos contemplando el cielo estrellado, pero pronto el frío nos empujó a las carpas.

Con el nuevo día continuamos la caminata la mayor parte del tiempo por una bajada resbalosa y cerrada, típica de la selva nublada. Nos rodeaban helechos y bromelias, la temperatura era templada y el día fresco hasta bien entrada la tarde, cuando el olor de los cafetales y el calor nos avisaron que ya estábamos llegando a El Quinó, un caserío encantador, en el límite con el estado Barinas, con su pequeña iglesia y el cuadrilátero de grama de la Plaza Bolívar. Allí nos alojamos en la Mucuposada La Paragüita. En la noche disfrutamos de la amabilidad de nuestros anfitriones y de los cantos y poesías de los habitantes del pueblo, así como de una suculenta cena.

La última jornada de camino transcurrió por bosques y veredas más anchas, subidas y bajadas de notable pendiente, que nos llevaron directamente al calor del llano. Fue maravilloso contemplar los variados tonos de verde de la sabana y los copos de nubes que se perdían en el infinito al aproximarnos a la Mucuposada Vista Hermosa. Aquí la mayoría disfrutó de un chapuzón en una poza y estuvimos rodeados de las atenciones de Edgar Pérez y su familia, quienes nos llevaron al día siguiente hasta Socopó, nuestro último destino y desde donde tomaríamos el autobús que nos regresaría a Caracas, muy contentos luego de otra maravillosa experiencia recorriendo los caminos de nuestra Venezuela.

lunes, 30 de enero de 2012

Win Win: un dilema moral




Casi puedo decir que tengo como un paradigma personal el suponer que toda película donde actúa Paul Giamatti es buena. Y es que este actor norteamericano, sin ser ni parecer remotamente un galán logra meterse en la piel de personajes muy diferentes y se ve cómodo tanto en la comedia como en el drama. Así lo ha demostrado como el inseguro escritor en Entre Copas, el inspector de policía de la estupenda El Ilusionista o el asesor de propaganda política de The Ides of March, entre otros roles memorables.

Siguiendo mi paradigma, alquilé sin pensarlo mucho Win Win, que me imagino traducirán correctamente como Ganar-Ganar, una comedia donde Giamatti se luce como un abogado endeudado que, obligado por las circunstancias, comete un acto que compromete su ética, lo cual le acarreará inesperadas consecuencias.

Giamatti le presta mucha humanidad y hasta ternura a su papel como Mike Flaherty, un padre y esposo dedicado que trabaja con poco éxito como abogado durante el día mientras en las noches es entrenador del equipo de lucha de la secundaria local. Apremiado por sus responsabilidades familiares, Flaherty se ofrece a cuidar a un cliente con principio de demencia senil, eso sí, recibiendo a cambio la pensión del anciano. De manera inesperada, entra en escena Kyle (Alex Shaffer) el nieto adolescente del cliente, un chico problemático, pero con un extraordinario don para la lucha y cuando Flaherty y su familia logran encaminar al jovencito nuevamente hacia el deporte y las cosas empiezan a marchar para todos, aparece la madre del muchacho, una adicta rehabilitada y ambiciosa que complicará la situación al reclamar la custodia del padre enfermo para quedarse con su casa.

No es la típica comedia gringa, que saca fáciles carcajadas al gran público sino una comedia menos ligera, con personajes pequeños, cotidianos, cercanos al espectador y no por ello menos conmovedores. Flaherty, como le podría suceder a cualquiera de nosotros, se encuentra ante un dilema moral al tratar de ocultar su flaqueza y al mismo tiempo, hacer lo que considera más justo para todos.

Ficha técnica: Dirección y guión: Tom Mccarthy; Año: 2011
Reparto: Paul Giamatti, Amy Ryan, Bobby Cannavale, Jeffrey Tambor, Burt Young, Melanie Lynskey, Alex Shaffer, Margo Martindale, David W. Thompson, Mike Diliello.

jueves, 26 de enero de 2012

The Artist: ¡esos geniales franceses!



Acabo de ver El Artista y no puedo menos que aplaudir la originalidad de los franceses que hicieron esta película… Es a la vez un regalo para quienes amamos el séptimo arte y un homenaje a los orígenes de la industria cinematográfica, a su irresistible atractivo, a su oferta siempre vigente de entretenimiento puro.

¿De qué va la cosa? Un abreboca: la acción comienza en 1927; el actor George Valentin, un cotizado galán del cine mudo y Peppi Miller, una joven extra que trata de abrirse paso en Hollywood se conocen y comparten una mutua atracción. Sin embargo, sus caminos irán por vías diferentes. A George le llegará el olvido y el fracaso al negarse a participar en el incipiente cine hablado, mientras la joven Peppi asciende y triunfa al adaptarse a la nueva tecnología.

Lo interesante de El Artista es que está rodada como una película muda, con mucha gesticulación, música de fondo y el escaso diálogo aparece en cartelitos, tal como una peli de los años veinte del siglo pasado. Pero no por eso decae el interés.

Por supuesto, es un melodrama, con sus toquecitos de humor y su final más o menos esperado, pero vale la hora y media de duración, si uno ama el cine, el entretenimiento puro y se pone en modo “mute” para disfrutarla. ¡Ah! Otra cosa: si alguien no siente ganas de bailar al finalizar de verla es que no tiene corazón ni sangre en las venas. Está nominada a 10 Oscars…

Ficha técnica: Director: Michel Hazanavicius; Guión: Michel Hazanavicius.
Actores: Jean Dujardin (George Valentin) , Bérénice Bejo (Peppi Miller), John Goodman (Al Zimmer), James Cromwell (Clifton), Malcom Mc Dowell (el mayordomo) y otros.

miércoles, 25 de enero de 2012

Hojeando el Tao Te Ching


Cada vez que hojeo el Tao Te Ching no dejo de sorprenderme por la vigencia de ese texto -un tanto críptico- escrito por Lao Tsu o Lao Tsé hace unos 2 mil 500 años. Se dice que el autor fue un filósofo que dejó sus enseñanzas sobre el Taoísmo condensadas en este pequeño libro, antes de abandonar su China natal para desaparecer en Occidente.

La corriente filosófica a la que alude –el Taoísmo- busca explicar el Universo a través del Tao (el cambio permanente) y se fundamenta en la observación de la naturaleza. Sin embargo, en el Tao Te Ching no solo se alude al Orden Natural de las Cosas sino que se profundiza, - a menudo de manera poética- sobre la trascendencia de la vida humana, el arte de gobernar, el autoconocimiento y la armonía y fluidez entre los elementos del Cosmos.

Tengo una edición de Vintage, traducida al inglés por Gia-Fu Feng y Jane English. Hace muchos años que no lo leo corrido; a veces me detengo en una página al azar y todavía me asombra su sabiduría y vigencia.

Un ejemplo:

“Tengo tres tesoros que guardo y mantengo:
El primero es la misericordia; el segundo, la economía;
El tercero es no querer estar por delante de otros.
De la misericordia viene la valentía; de la economía viene la generosidad;
De la humildad viene el liderazgo.

Hoy en día los hombres rechazan la misericordia, pero tratan de parecer valientes;
Abandonan la economía, pero tratan de lucir generosos;
No creen en la humildad, sino que intentan ser siempre los primeros.
Esto ciertamente es la muerte.

La misericordia trae victoria en la batalla y fortaleza en la defensa.
Es el medio por el cual el cielo salva y protege”.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Los tres consejos (un cuento andino)



Hace poco estuve con unos amigos en la Hacienda El Carrizal, cerca del pueblo Los Nevados, en el estado Mérida. El Sr. Francisco, patriarca nonagenario del lugar nos contó a los caminantes una historia de la zona titulada: “Los tres consejos”. Probablemente se trata de un relato transmitido de manera oral que se ha conservado por generaciones y que manifiesta algunas raíces españolas, típicas de los Andes, donde el castellano antiguo no ha desaparecido por completo.

A continuación, transcribo una “versión libre”, basada en ese cuento o en lo que recuerdo de él… es una historia corta, pero interesante por la moraleja que contiene y la velada alusión a los arquetipos ancestrales del viaje del héroe. Estos arquetipos se encuentran en cuentos folclóricos, como demostró Vladimir Propp, en su Morfología del Cuento y en los arcanos mayores del Tarot de Marsella.

Los tres consejos

Había una vez tres jóvenes campesinos, digamos que sus nombres eran Roberto, Juan y José. Los tres estaban pasando momentos difíciles en su pueblo y decidieron irse a otras tierras por un tiempo para “buscarse la vida”. De los tres, el único casado era José, quien tenía a su joven señora y un niño de tres meses. Con pesar se despidieron de sus familiares y vecinos y caminaron entre los páramos sembrados de frailejones por varios días. El camino era largo e interminable; por momentos los rodeaba la neblina y cuando el cielo se abría podían divisar en lo alto el vuelo de las águilas y los cóndores.

Finalmente, llegaron a una hacienda muy bonita, más abajo de la sierra, donde inmediatamente les dieron trabajo. Ellos no lo sabían, pero el lugar era un “encanto”.

Roberto, Juan y José se dedicaron a trabajar como hacían en su tierra: sembraban los campos, atendían a los animales, limpiaban con afán los patios de la hacienda. Cuando habían transcurrido veintidós días pidieron que les arreglaran las cuentas para regresar con los suyos. Lo que los amigos no sabían era que el sitio estaba encantado y en realidad habían transcurrido veintidós años.

Roberto fue el primero en hablar con los patronos, quienes le hicieron una extraña propuesta:
-¿Usted quiere su dinero o tres consejos?
-Mi dinero – respondió Roberto, sin pensarlo demasiado.
Inmediatamente le dieron su dinero y le hicieron entrar a una habitación donde había una vieja amarrada a la pata de una cama. Roberto preguntó qué hacía esa señora ahí. Como respuesta a su curiosidad, lo dejaron trabajando en la hacienda por el resto de su vida.
Luego le tocó a Juan:
-¿Usted quiere su dinero o tres consejos?
-Mi dinero – también respondió Juan, muy decidido.
Luego de darle su pago, le hicieron entrar en la misma habitación donde estaba la vieja. Juan también preguntó qué hacía esa señora amarrada a la pata de la cama y siguió el mismo destino de su compañero.
Al llegar el turno de José y preguntarle su elección entre el dinero y los tres consejos, el muchacho reflexionó unos instantes antes de responder:
-Quiero los tres consejos.
Sonriendo, los patronos le dijeron:
-Ponga cuidado. Estos son los tres consejos: no pregunte lo que no le interese; no camine por desechos (atajos) y no se vaya a la primera.

José se quedó un poco perplejo al escuchar estas advertencias, pero como ya había tomado su decisión, decidió continuar su camino de regreso a su hogar.
Antes de salir, los patronos también lo hicieron pasar a la habitación donde estaba la vieja amarrada a la cama. José la vio con curiosidad, pero al acordarse del primer consejo, no dijo nada. Como premio al haber superado esta primera prueba, los patronos le dieron su pago y le obsequiaron una pistola para que se defendiera en el camino.

José caminó durante varios días por el páramo siguiendo el camino real por el que había transitado anteriormente con sus compañeros. Por momentos, el sendero le parecía muy largo y se sintió atraído por la idea de acortar el paso por una trocha que se encontraba a su izquierda, pero recordó el segundo consejo y se abstuvo de hacerlo. De esta manera se libró, sin saberlo, de unos ladrones que asaltaban siempre a quienes se desviaban de los caminos principales.

Finalmente, muy cansado, llegó a su pueblo y comenzó a ver todo muy cambiado. Los arbustos raquíticos que rodeaban a su calle eran ahora árboles frondosos, las calles de tierra y fango estaban empedradas y su casa tenía una cerca nueva de madera. Precisamente a través de una ventana de su casa observó una escena que lo perturbó. Un joven apuesto peinaba con cuidado la cabellera de su esposa. Enfurecido, José sacó del cinto la pistola, dispuesto a limpiar la afrenta disparando al que suponía amante de su señora. Entonces recordó el tercer consejo, guardó su arma y comprendió que no habían pasado veintidós días como él y sus compañeros creían sino veintidós años y el joven al que observaba por la ventana era su propio hijo que había dejado de tres meses de edad.

Esa noche hubo fiesta en el pueblo por el regreso del amigo al que creían desaparecido para siempre. La esposa de José preparó pizca y arepas, los vecinos hicieron un asado, hubo baile hasta el amanecer.

Cuando ya estaba clareando el día, José llamó aparte a su hijo y le dijo:
-Hay algo que te puede ser muy útil, como lo ha sido para mí… Son tres consejos…

martes, 22 de noviembre de 2011

Lo que nunca debe decirle a un periodista (II)


La escena se repite con alarmante frecuencia: la entrevista entre un ejecutivo de una empresa y un periodista ha terminado. El comunicador apaga el grabador, cierra su libreta. Los dos personajes intercambian tarjetas de presentación, se despiden y de pronto el ejecutivo suelta la siguiente frase: “Quiero ver el artículo (reportaje, video, etc) antes de que sea publicado”. ¡Error! ¡Error! ¡Error!

Esta una muestra de otro de los desaciertos que cometen los voceros de una empresa al conceder entrevistas. En principio, se trata de un gran irrespeto hacia el profesional de la comunicación que visita a la empresa, una subestimación terrible de sus capacidades y/o ética. No hay que olvidar que el reportero no es su empleado ni está allí para hacer quedar bien ni mal a una determinada compañía. El periodista trabaja para un medio de comunicación social y es a ese medio al que debe responder y de quien puede aceptar observaciones o sugerencias sobre su material.

Si Ud., como Gerente de Comunicaciones, no confía en la parcialidad o profesionalismo de un determinado medio, es preferible que no le conceda una entrevista a que pretenda supervisar la publicación. Su deber es proporcionarle la información que requiere de la manera más clara posible, ofrecerle fotografías, cuadros explicativos y cualquier otro material que lo ayude a completar su trabajo. Controlar lo que los medios publican sobre una empresa es imposible, pero podrá tener mayor seguridad de que la interpretación será justa y adecuada si le ofrece toda la colaboración y material que necesite.

De eso se trata la Gerencia de las Comunicaciones: crear una alianza con los medios y promover el intercambio de información, algo que jamás logrará si los irrespeta o subestima.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Lo que nunca debe decirle a un periodista (I)


Hay una frase que en algún momento de escasa creatividad inventó algún ejecutivo miedoso para tratar de evadir su responsabilidad de comunicar como vocero de una empresa. Y lo peor es que la siguen repitiendo por décadas cientos de ejecutivos, políticos o personalidades públicas que parecen copias por escáner de quien la inventó.

Durante el curso de una entrevista, el entrevistado (o entrevistada) baja un poco la voz, sacude la cabeza con nerviosismo y pronuncia: “esto es off the record”. A continuación, generalmente hace una revelación sustanciosa, ofrece una primicia o una información interesante y única, más importante que lo que ha mencionado anteriormente, suponiendo que el periodista no está autorizado para publicarla al haberle dicho que es “off the record”. Olvida el entrevistado que el reportero está precisamente detrás de esa primicia o información valiosa y oculta. Su trabajo es darla a conocer.

Todavía me sorprende la frecuencia con la que esta frase sale a colación en una entrevista y más cuando se trata de Gerentes de Comunicaciones o Relaciones Públicas, quienes son precisamente los que deberían evitarla. Se supone que estos ejecutivos son los especialistas en mediar con la prensa.

Dentro de las directrices que enseñan en las escuelas de comunicaciones y hasta en los más elementales cursos de vocería se recomienda no mencionar nunca temas que no se quieran revelar. La razón es simple. El periodista está a la caza de noticias. No se trata de que sea malintencionado, sino que buscar la noticia y publicarla es su trabajo.

En una entrevista, lo más lógico es hablar sobre lo que sí se desea comunicar. Si surge una pregunta álgida o el reportero toca algún tema delicado sobre el cual no se puede brindar información inmediata, hay que pedirle (¡y cumplirle en esto!) más tiempo para conseguir los datos requeridos. Solo así se puede construir una relación sólida con los medios de comunicación.

Esto suena muy lógico, pero en la vida real se cumple muy poco y a menudo los voceros de las empresas cometen otros errores al subestimar a los periodistas.

martes, 25 de octubre de 2011

Baraka y el desapego espiritual de occidente


Hace poco vi nuevamente el documental “Baraka”, de Ron Fricke. Hay en esta película un despliegue visual de imágenes filmadas en varios continentes y que de alguna manera cuentan la relación del hombre con la naturaleza y la divinidad.

La película comienza y finaliza con ritos de diferentes religiones, se pasea por la alineación de la producción en serie y la frenética vida colectiva en las grandes ciudades, a la vez que muestra el transcurrir de indígenas y campesinos de lugares remotos (remotos, por supuesto, dependiendo de donde se encuentre el espectador). Es un caleidoscopio donde cabe una dolorosa mirada al genocidio de diferentes grupos humanos, a la destrucción de los bosques, a la perversidad de la guerra, y se presta a múltiples interpretaciones.

A mí se me ocurrió esta vez reflexionar sobre la complicada relación que tenemos los occidentales con lo espiritual o divino, sin que necesariamente se trate de lo religioso sino del conocimiento de uno mismo. Mientras que para los orientales y pueblos considerados “primitivos” la espiritualidad surge de manera espontánea, pareciera que a nosotros nos cuesta mucho la experiencia individual de conexión con Dios o con nuestro verdadero ser. En este lado del mundo las ceremonias religiosas son un acontecimiento social, hay muchos ritos y demostraciones colectivas. La verdad, no apreciamos el silencio. ¿Será que le tenemos miedo?

Las pocas veces que nos acercamos al silencio buscamos disfrazarlo con alguna disciplina del New Age, con algún elemento mágico que nos permita conseguir cosas o acercarnos a una esquiva serenidad. Nos vemos en el deber de etiquetar con algún nombre exótico un simple momento de oración o soledad, tenemos que justificarlo de alguna manera para no ser acusados de improductivos y ociosos en un mundo donde toda acción tiene que tener resultados… ¡Qué complicados somos!

domingo, 2 de octubre de 2011

Ilona llega, pero con retraso


¿Será verdad que son los libros quienes escogen a sus lectores, al revés de lo que siempre hemos pensado? ¿Será que algunos libros saben cuándo es el momento oportuno para que un lector los lea y aprecie? Quizás…

Durante unos cuatro o cinco años descansó en mi biblioteca “Ilona llega con la lluvia”, de Álvaro Mutis, sin que la lectura de sus dos primeras páginas lograra atraparme. Fue hace unos días, al leer algunos elogios sobre esta corta novela del escritor colombiano, que decidí leerlo.

No me explico cómo es posible que me haya privado por años de una lectura tan deliciosa, unos personajes originales e interesantes, una prosa contundente y poética a la vez.

Una pequeña muestra: “El cuerpo acabó de caer con un ruido sordo mientras el zumbido del ventilador se abría paso por entre el silencio que organiza la muerte cuando quiere indicar su presencia entre los vivos”. (Así, sin comas innecesarias).

Esta novela, que tiene mucho del género de aventura, narra un período de la inquieta vida de Maqroll el Gaviero, y su último encuentro con esa mujer enigmática, Ilona, que parece una versión femenina de sí mismo. Me la leí en un par de días, saboreándola despacio, para que me durara lo más posible. Forma parte de una trilogía y en lo que a mí respecta, ahora sí, arrepentida de mi falta de luces con respecto a Mutis y su obra, me dispongo a remediar este descuido, sin esperar a que sus libros se compadezcan de mí y me señalen y escojan como lectora.

martes, 27 de septiembre de 2011

El Árbol de la Vida


Un poema visual, una película de autor, no comercial, un canto a la evolución del universo, una celebración de la vida y la muerte, un filme pretencioso y aburrido, una gran obra de arte… Estos son algunos de los calificativos que ha recibido esta película, ganadora de la Palma de Oro en Cannes y última entrega del director norteamericano Terrence Malick, quien siempre le imprime a sus obras una visión muy particular (para muestra: El Nuevo Mundo, La Delgada Línea Roja).

Lo que sí se puede afirmar categóricamente es que no es un cine para las masas. Más de un incauto y ávido consumidor del cine tradicional de Hollywood atraído por los taquilleros protagonistas no aguantará las 2 horas y 20 minutos que dura la película, con sus escenas simbólicas y saltos en el tiempo, mientras a quienes nos gusta ampliar nuestros horizontes y explorar caminos menos convencionales nos entusiasma. Cuestión de gustos, por supuesto.

La historia (no lineal) se desarrolla en un pueblito de Texas en los años 50’s, donde tres niños crecen, maduran y pierden la inocencia, bajo la tutela de un padre y una madre con personalidades que contrastan: la madre, toda dulzura, bondad y pasividad (Jessica Chastain) y el padre, amoroso, pero estricto y muy exigente a la vez (Brad Pitt). Jack, el hijo mayor, interpretado por Sean Penn, ya adulto, recuerda esa infancia y sus contradicciones, así como la devastadora muerte de uno de sus hermanos. Intercalado con este relato, Malick introduce con audacia un documental que cuenta la historia de la creación y evolución del universo (con Big Bang y dinosaurios incluidos). Por otra parte, la espiritualidad (no necesariamente religiosidad, a pesar de las citas bíblicas) se encuentra presente en toda la película.

Si el filme responde o trata de responder alguna de las preguntas metafísicas que los humanos nos hemos hecho en algún momento de nuestras vidas es algo que cada espectador responderá individualmente… a mí me gustó, me sorprendió, me encantó la música maravillosa aportada por Alexandre Desplat. La película quizás es un poco larga, pero esa es la visión del autor. Hay escenas maravillosas, inolvidables, surrealistas, como el encuentro de la familia a la orilla del mar. El Árbol de la Vida termina siendo, para mí, una larga oración, una lectura muy particular de la conexión entre los humanos, la naturaleza y el creador del universo.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Entre médicos, con "Blanco Nocturno"



Creo que siempre voy a recordar mi lectura de Blanco Nocturno, del argentino Ricardo Piglia, asociada a los lugares donde leí esta novela, ganadora de la última edición del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos.

Por una circunstancia casual, en los últimos dos meses he transitado de clínica en clínica, de médico en médico, bien sea acompañando a un familiar o para hacerme yo misma una serie de exámenes fastidiosos, pero necesarios, de la clase de chequeos que uno siempre trata de postergar o eludir.

Recientemente hice dos descubrimientos: agosto es el mejor mes para ir al médico porque las clínicas y consultorios bajan notablemente su afluencia por el asueto vacacional; lo segundo es que la mejor manera de enfrentar las revisiones de salud es con un libro en la mano; un libro bueno, preferiblemente, que uno no haya leído nunca. Descarto las relecturas porque uno puede distraerse fácilmente con el ambiente externo cuando el texto no depara mayores sorpresas.

Un libro interesante, absorbente, es como un escudo protector contra la impaciencia de los otros pacientes y la propia, las interminables horas y las conversaciones llenas de lugares comunes de quienes comparten una estrecha sala de espera.

Comencé mi lectura de la novela de Piglia en una de estas salas. La descripción de la personalidad carismática de Tony Durán y su asesinato se me revelaron en un laboratorio, tratando de seguir las contradictorias órdenes de la bioanalista: “relájese, pero apriete el puño, para que se vea la vena”.

Me atrapó el extraño trío que forma Durán en la novela con las gemelas Belladona, unas ricachonas malcriadas de la provincia argentina, mientras me sometía a ecosonogramas y exámenes radiológicos. Los pormenores del arresto del valet japonés Yoshio me encontraron con un “Hollster”, incómodo aparatico para medir la tensión por 24 horas y que propicia el insomnio al prenderse cada media hora… ¡Qué hubiera sido de mi obligado insomnio de esa noche sin las certeras deducciones del comisario Croce, las pesquisas del periodista Renzi, sin la decadencia que se traga la fábrica de Luca Belladona!

A diferencia de los personajes, al final descubrí que estoy bien, no tengo nada; valió la pena esa procesión entre clínicas y laboratorios. Pero aún quedaba novela y no me quedó más remedio que terminar la lectura en la antesala del odontólogo. Una lectura que comenzó como un policial más, con un muerto, montones de sospechosos y un comisario sagaz, pero que se fue transformando en algo mayor, en la revelación de un colectivo decadente y siniestro, empeñado en que todo siga como está, aunque en el camino el hombre con algo de dignidad pierda su moral y su cordura.

sábado, 20 de agosto de 2011

Somewhere


No sé por qué en castellano titulan: “En algún lugar del corazón” a “Somewhere” (En algún lugar), la última película de Sofía Coppola. Quizás para darle un giro cursi o más atractivo comercial al film de la directora norteamericana.

Y precisamente lo que menos encontrará el espectador es cursilería o melodrama en esta peli llena de atmósferas, momentos que se encadenan, escaso diálogo, quizás cierto minimalismo; es una típica obra de la Coppola donde una vez más explora el tema de la soledad, que en mi opinión fue mejor expuesto en “Lost in translation”.

La historia nos muestra a un joven y famoso actor de Hollywood que vive hastiado en un hotel de California, aburrido de compartir escasos momentos con amigotes y estrípers. Su vida da un giro al tener que alojar por unos días a su hija de 11 años. Pero que este argumento no engañe. Sofía Coppola se dedica a exponer los hechos y deja a los espectadores la libertad de poner las emociones que pueden (o no) desencadenarse de esta cinta. Stephen Dorff interpreta al actor Johnny Marco y Elle Fanning da vida a su hija Cleo. Vale la pena disfrutarla!